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La crítica ha elogiado el carácter experimental de este bello librito de Jean Echenoz (Orange, 1947) que se titula sencillamente Ravel, que ciertamente no es un mero retrato biográfico del músico, que se esmera, sí, en componer escenas fuertemente visuales -la imagen del propio Ravel, siempre con un Gauloise en la mano, de impecable traje gris, de atareados ojos grises, de ligera ironía en la sonrisa, pura belleza y color y emoción en la música que está imaginando, es acaso la imagen que más conmueve al lector-, que fragmentariamente da cuenta de viajes y encuentros y discusiones que son la parte más novelesca del final de la vida del compositor pero del que se puede decir que lo que más vive en sus páginas son los ejercicios despreocupadamente ficticios que hace el novelista, para compartir con el lector lo que sea que pensaba, decía o sentía, lo que sea que lo inspiraba o lo disgustaba a Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937), uno de los más comunicativos, inventivos y mágicos melodistas y orquestadores de toda la música, frente a cada una de las obras maravillosas que compuso en ese período final, después de la guerra, iluminado a pura fantasía por la narración de Echenoz.

«Y al final del verano, mientras, sentado en su balcón, lee en Le Populaire la actualidad poco halagüeña del momento, llega de Austria una nota de Wittgenstein (Paul Wittgenstein, pianista austríaco que perdió el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial) pidiéndole un concierto para la mano que le queda. Y entonces no se sabe qué chispa prende en su mente, Ravel no se limita a aceptar el encargo: en lugar de escribir un único concierto, decide en secreto componer dos conciertos al mismo tiempo, uno para la mano izquierda en re mayor y el otro, en sol, que dará realidad por fin a uno de sus viejos proyectos. Si uno será para Wittgenstein, el otro será para él, sólo para él: además, piensa, lo interpretará él mismo. Hasta entonces, uno tras otro, sólo ha producido ejemplares únicos: por primera vez quiere engendrar, simultáneamente, gemelos. Pero serán gemelos heterocigóticos: sólo por la fecha de nacimiento, en absoluto por el parecido. Comienza por bosquejar su Concierto en sol y lo deja de lado para cumplir su encargo. Una vez solventado bastante deprisa, en nueve meses, el asunto de la mano izquierda…

En resumidas cuentas, siempre pasa lo mismo, salvo que esa noche, Marguerite (Echenoz se refiere a Marguerite Long, pianista amiga de Ravel, que estrenó el Concierto en sol), sentada al lado de Wittgenstein, oye a éste confesarle que se ha visto obligado a proceder a ciertos arreglos en ese concierto aún desconocido por ella. Imaginando que la invalidez del pianista le ha llevado a efectuar algunas simplificaciones, ella le sugiere que aun así prevenga a Ravel de esos cambios, pero el otro no la escucha. Se levantan de la mesa y se trasladan al lugar del concierto. Desde el comienzo de la ejecución, mientras Marguerite sigue el concierto con la partitura, sentada ahora al lado del compositor, lee en sus rasgos cada vez más descompuestos las enojosas consecuencias de las iniciativas del manco. Y es que Wittgenstein en absoluto ha simplificado la obra para adaptarla a sus medios, muy al contrario ha debido de ver la ocasión de demostrar hasta qué punto es bueno, con ser minusválido. En vez de enfrentar la obra e interpretarla lo mejor posible, de pronto se pone a hacer malabarismos, añadiendo arpegios por aquí, compases por allá, adornándola con trinos, contoneos rítmicos y otros aderezos que nadie le había pedido, disparando los dedos por el teclado hacia los agudos para que se vea lo hábil e inteligente que es… El rostro de Ravel está blanco… Se acerca lentamente al pianista, con una cara que no se le ha visto desde que fue a hablar con Toscanini (por su ejecución del Bolero). Pero esto está mal, dice fríamente. Esto está fatal. No es esto en absoluto. Escuche, intenta defenderse Wittgenstein, soy un viejo pianista y, francamente, esto no suena. Pues yo soy un viejo orquestador, contesta Ravel en un tono de voz cada vez más gélido, y puedo asegurarle que sí suena… Ravel se pone el abrigo sin decir una palabra y abandona prematuramente la casa, arrastrando tras él a Marguerite…

 

…se dedica de nuevo al otro concierto pero ahora ya no es coser y cantar. Se eterniza, le cuesta esfuerzos inauditos, no ve el modo de terminarlo. Es complicado, verdad, bastante delicado habida cuenta de que ese concierto no está concebido para el piano sino contra él. Bien, dice, como no consigo terminar esa música para las dos manos, he decidido no dormir más, no dormir ni un segundo. No descansaré hasta que acabe esa obra, ya sea en este mundo o en el otro. Por fin concluida la obra, Marguerite, avisada, se pone de inmediato a descifrarla -no sin esfuerzo: cuando Ravel no está a su espalda corrigiéndola sin cesar, se pasa el tiempo hostigándola por teléfono. Ella duda, le participa su angustia ante el segundo movimiento, la dificultad del intérprete para mantenerse en esa progresión lenta, dice, esa larga frase que fluye. ¿Cómo ‘que fluye’? ¿Qué es lo que fluye? se pone a gritar Ravel. Pero si esa frase la he hecho compás por compás, y he estado a punto de morir en el intento. De acuerdo, pero Ravel ha hecho todo eso un poco deprisa, en total, ha tardado poco más de un año en finalizar su doble idea…»

 

De Ravel, Jean Echenoz. Anagrama, 2007.

Audios:

1, fragmento del Concierto para la mano izquierda en re mayor (1931), que Paul Wittgenstein finalmente tocó como Ravel quería, según la partitura original.

2, segundo movimiento, Adagio assai -esa “larga frase que fluye”- del Concierto en sol de Maurice Ravel.

Philippe Entremont y la Orquesta de Cleveland, dirigidos por Pierre Boulez.

Jean Echenoz visitará Montevideo en ocasión del Festival Internacional de Literatura (22 al 24 de Septiembre: info aquí) y Oír con los ojos ofrecerá un programa especial dedicado al autor francés, a su novela y muy especialmente a la obra de Maurice Ravel.

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