Pecado de lujuria lectora: bibliofilia, coleccionismo. Exceso romántico de la posesión física de libros. También podría pensarse en la lujuria del lector que admira encendidamente una obra sólo por haberse enamorado de uno de sus personajes.

Pecado de gula lectora: lo comete el lector que lee con voracidad todo lo que ha escrito un cierto autor; lo sobresaliente, lo juvenil, lo baladí y aún lo póstumo, páginas que ese autor había decidido originalmente no publicar; que lee también libros escritos sobre ese autor; biografías, ensayos, entrevistas, etc.

Pecado de avaricia lectora: por ejemplo, la avaricia del lector renuente a conocer nuevos autores o autores de literaturas más o menos lejanas, en tiempo o en latitud; o la del lector que se niega a leer las obras de un cierto autor por razones extra-literarias, como ser sus opiniones políticas: progresistas que no leen al Dr. Johnson; monárquicos que no leen a Milton; conservadores que no leen a Dickens; demócratas que no leen a Ezra Pound o a T. S. Eliot; peronistas que no leen a Borges; fidelcastristas que no leen a Vargas Llosa; liberales que no leen a Cortázar o a Neruda, etc.

Pecado de pereza lectora: frente a libros como Don Quijote, por la gran cantidad de palabras arcaicas cuyo significado es preciso consultar durante la lectura; como En busca del tiempo perdido, por su lentitud, por las frases lánguidas de Proust, porque consta de siete volúmenes; como Ficciones, por el barroquismo de sus adjetivos o por la fatigosa complejidad de sus ideas y de su entramado de alusiones a otros libros, algunos de ellos apócrifos; como Finnegans Wake, por la condición ineludible de tener que aprender, para poder leerlo, una lengua inventada por el autor; como La vida breve, por sus galimatías.

Pecado de ira lectora: por ejemplo, la del crítico o periodista que decididamente aborrece a un autor, pero continúa leyéndolo y aún releyéndolo y está siempre al tanto de sus novedades, como una forma oscura de la atracción o del goce; o porque siente invariablemente la necesidad de decir algo sobre ese autor, la necesidad de replicar, de refutarlo; o porque considera indispensable saber lo que ese autor piensa con respecto a un cierto tema, para asegurarse de propugnar, luego, la opinión contraria.

Pecado de envidia lectora: muy especialmente, la envidia del lector/autor/crítico que desacredita -tejiendo complicadas e injuriosas pruebas en un ensayo o estampando lacónicos denuestos en una reseña en un suplemento- una cierta obra, sólo porque en el fondo de su corazón no logra sentir otra cosa, mientras lee, que el deseo de haber escrito esa obra.

Pecado de soberbia lectora: el pecado de leer sólo para poder jactarse de haber leído, en algún caso salteándose incluso la prolijidad algo molesta y acaso innecesaria de leer. Se destaca asimismo la soberbia del lector que ha decidido que un determinado autor carece de los méritos que otros le atribuyen, muchas veces antes de leer sus libros, improvisando razones despreciativas y grandilocuentes: Tolstói escribió Guerra y Paz enteramente movido por el resentimiento hacia los franceses, luego, un libro producido desde el resentimiento no puede ser un gran libro; Proust, que en lugar de escribir una novela escribió siete, es finalmente un tostón insoportable; Joyce no sabía escribir novelas y por eso nadie consigue leer satisfactoriamente su Ulysses; Quiroga no sabía escribir; Borges leía mucho pero superficialmente y sus cuentos son bellos, aunque vanos; Alejandra Pizarnik padecía una depresión severa y eso explica todo lo que escribió; Cortázar es para adolescentes; Neruda es para corazones vulgares; Benedetti es para turistas; Idea Vilariño es para mujeres.

El Purgatorio y los siete pecados de la lectura, en Suena Tremendo

El Paraíso como biblioteca, en Suena Tremendo

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