En la página 445 de Descanso de caminantes, el más amplio de los capítulos del diario personal del gran diarista que fue Adolfo Bioy Casares -lo completan un cuaderno de citas y el inmenso Borges-, el autor acomete una lista de sus novelas preferidas. Una novela rusa, una italiana, una portuguesa, una china, una japonesa, dos españolas, tres argentinas (dos clásicos acaso un poco polvorientos y una única novela de su tiempo), siete novelas francesas y significativamente, doce novelas en lengua inglesa (una norteamericana, dos irlandesas, el resto inglés) componen la lista. Aquí algunas noticias más.

La guerra y la paz, Lev Tolstói (1869). No queda claro si es la primera en la lista porque la consideraba la primera de las novelas. La empezó a leer hacia 1959. No le gustaba en Tolstói, como en Dostoievski (del que no hay un solo título en esta lista), el espíritu religioso. Tampoco el carácter moralizante de sus cuentos, que en buena medida se siente en La guerra y la paz, aunque atenuado por el enorme relato. “Hay una invención muy grande que lo envuelve a uno. En cambio los cuentos son muy lineales, muy simples, y ahí lo que más se nota es la actitud de enseñarle a uno…” (con Fernando Sorrentino).

Sense and sensibility, Jane Austen (1811). “Jane Austen es una lúcida espectadora de la comedia de la vida. Uno de sus personajes dice que los demás están en el mundo para divertirnos con sus estupideces y locuras y que nosotros estamos en el mundo para entretener a los demás con las nuestras” (con Borges). Hubiera sido interesante saber por qué la situaba por encima de Orgullo y prejuicio y de Persuasión.

El Quijote, Miguel de Cervantes (1605-1615). La alegría de escribir era tal vez lo que más admiraba Bioy en Cervantes. Siempre recordaba que compuso El Quijote en la cárcel, como José Hernández compuso el Martín Fierro en un hotel (“que, en esa Argentina, no sería muy distinto de una cárcel”), contra toda dureza, contra toda adversidad, y conservando intacto el sentimiento tragicómico de la vida.

Robinson Crusoe, Daniel Defoe (1719). En el prólogo a La invención de Morel, Borges cita a Ortega y Gasset, en La deshumanización del arte, denostando la novela de aventuras (“es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior”, escribió Ortega), en favor de la novela psicológica, y declara que Bioy, hacia 1940, es de los pocos escritores que creen razonable disentir con ese juicio. La primera de las novelas inglesas, modelo ineludible de relato de aventuras, no podía no estar en una lista de las novelas más apreciadas por Adolfo Bioy Casares.

Tom Jones, Henry Fielding (1749). Al estudioso de Bioy le puede sorprender esta inclusión: siguiendo a Johnson, que según Boswell dijo de Fielding que era literariamente un “canalla estéril”, Bioy solía expresarse con desdén respecto del autor de Joseph Andrews y de Tom Jones, por ejemplo citando a George Moore: “Tom Jones es una novela vacía, aunque escrita con desenvoltura”. Acaso no resistía su humor, en contraposición al moralismo sentimental de Samuel Richardson, de cuyos libros son parodia muchos de los libros de Fielding.

A Sentimental Journey, Laurence Sterne (1768). Es significativo que la sitúe por encima del Tristram Shandy, el más famoso de los libros de Sterne y unánimemente considerada la novela mayor del siglo XVIII. “Tristram Shandy no sobrevivirá”, declaró famosamente Samuel Johnson hacia 1770, en uno de sus errores críticos más recordados. Un eco.

El Vicario de Wakefield, Oliver Goldsmith (1766). Otro libro esencialmente irónico, humorístico, muy admirado por Goethe, por Jane Austen, por Dickens. Conseguible en viejas ediciones de Libra o de Bruguera.

Manon Lescaut, Abate Prévost (1731). Más famosas que el libro son las óperas de Massenet y de Puccini. El duelo final de Des Grieux, enteramente excluido de las versiones musicales, sin duda lo conmovía. Disponible en Siruela.

Genji Monogatari, Murasaki Shikibu (alrededor del año 1000). Uno de tantísimos libros iluminados por la lectura crítica de Borges, que reseñó con admiración una traducción inglesa del cuento de Genji hacia 1938. En nuestro idioma en Editorial Atalanta (2 vol.)

El sueño del aposento rojo, Cao Xuequin (1750). “Nunca voy a olvidar un día en la Feria del Libro, cuando me crucé con Bioy Casares en uno de los pasillos. Avanzaba hacia mí con una sonrisa de placer y un paquete en la mano. Había estado en el stand de China y me traía El sueño del aposento rojo, en la traducción castellana de Mirko Láuer, publicada en Beijing. Era la novela completa, sin cortes (las ediciones europeas omiten generalmente los poemas, largos y oscuros para lectores que desconocen los clásicos chinos y las intrincadas alusiones a su simbología) y en un castellano directo, sin los alambiques habituales que suelen entorpecer la traducción de un clásico” (Vlady Kociancich, en La raza de los nerviosos). En Galaxia Gutemberg (2 vol.).

Moby Dick, Herman Melville (1851). Esta inclusión, en Bioy, trasluce más respeto que admiración. ¿Por qué Moby Dick sí y no Lord Jim, esa otra gran novela del mar, de su admiradísimo Conrad?

El primo Basilio, José Maria Eça de Queirós (1878). “Hablamos de Eça de Queirós; decimos que desearíamos que hubiera más libros de Eça; que todo lo que escribía era agradable; que era muy superior a sus maestros, a Anatole France y aún a Flaubert. Borges tiene un instante de duda, cuando menciono a Flaubert; luego dice que Madame Bovary es un libro mucho más pobre que El primo Basilio” (con Borges).

La Cartuja de Parma, Stendhal (1839). “Yo creo que el gusto que nos lleva a leer novelas es el gusto por lo narrativo; es el mismo para el niño que oye un cuento que para un adulto que lee una novela; es el gusto de las historias, los cuentos, las aventuras. He creído siempre que el encanto de La Chartreuse de Parme proviene de que es un libro de aventuras para gente culta” (ABC).

Adolphe, Benjamin Constant (1816). Este es sin duda uno de los autores favoritos de Bioy. Filósofo, político, intelectual de intensísima actividad (dedicó muchos años a grandes obras como Acerca de la religión considerada en sus fuentes, formas y desarrollo), su destino, sin embargo, es ser, con apenas dos libritos –Adolphe y Cécile– uno de los mejores novelistas franceses de todas las épocas.

Old Wives Tale, Arnold Bennett (1908). A Borges le gustaba mucho Buried alive, también de 1908. Es una pena que Editorial Impedimenta, que recogiendo el elogio de Borges ha publicado Enterrado vivo en su exquisita colección, no se decida a publicar también este ‘cuento de ancianas’, uno de los mejores libros de Bennett.

The Adventures of Harry Richmond, George Meredith (1871). Casi desconocido en nuestro idioma; no sólo el libro: el autor. De los más notables escritores de la Inglaterra victoriana, Bioy y Borges lo valoraban muchísimo, también como poeta.

La Conciencia de Zeno, Italo Svevo (1923). “Yo empecé a leer La coscienza di Zeno y lo dejé y pensé que era un libro irritante y nimio. Pero, como estaba en una ciudad de provincia y no conseguía otro libro, no tuve más remedio que leerlo, y entonces descubrí que ése era un libro preferido mío y que Italo Svevo era como un hermano para mí, una persona que yo sentía muy próxima…” (con Fernando Sorrentino).

La isla del doctor Moreau, H. G. Wells (1896). Borges afirma, en el prólogo a La invención de Morel, que el título alude a “ese otro inventor isleño, a Moreau”. Bioy nunca lo confirmó, más bien lo negaba, pero de todos modos, si hay que identificar un maestro de la imaginación fantástica que haya influido determinantemente en Bioy, ese maestro es sin duda H. G. Wells.

Cakes and Ale, William Somerset Maugham (1930). En uno de sus cuentos, Los milagros no se recuperan, Bioy imagina esta escena, entre dos personajes argentinos (uno es él) y uno inglés:

“-Usted, Mr. Somerset -dijo la señora-, ¿no cree, como yo, que en el Oriente hay un misterio que fascina? Todo tiene su límite y no quise que me confundieran. La vanidad me precipitó en el diálogo: –Cakes and Ale es una novela inolvidable -puntualicé-. Y no me canso de admirar la riqueza de su último libro, A Writer’s Note-Book. El inglés musitó algo, pero tuve que pedirle (como si mi compatriota me hubiera contagiado la sordera) que lo repitiese. Dirigiéndose a la señora, afirmó petulantemente: -Me… toman por otro. Yo no he escrito ninguna novela. Soy un coronel retirado.”

¿Puede una novela titularse “Tortas y cerveza” y ser una gran novela. Evidentemente, sí. Resulta insólito que sea inconseguible en este momento en nuestro idioma.

A Passage to India, E. M. Forster (1924). El médico indio es uno de los personajes que más admiraba Bioy en cualquier novela. Fue uno de sus más grandes deslumbramientos como lector joven, y nunca dejó de expresar su admiración por Forster.

Chance, Joseph Conrad (1913). Es de las novelas menores de Charles Marlowe, en cuanto a la atención puesta por la crítica. Su inclusión en la lista es interesante como desvío, por lo que puede legar a los lectores de Bioy. En Los libros de Marlowe, en Edhasa Editorial.

Du côté de chez Swann, Marcel Proust (1913). El primero; no los siete.

Eugenie Grandet, Honoré de Balzac (1833). Padre e hija, entre los protagonistas de la novela, también formaban parte de la lista de personajes de ficción predilectos de Bioy Casares.

La Terre, Émile Zola (1887). “El realismo americano muestra gente violenta, brutal, vulgar. La muestra sin ironía: uno sospecha que el autor es uno de ellos. El realismo francés es diferente. Siempre es irónico. Zola parece continuamente decir: “Eso es el hombre” (ABC).

Madame Bovary, Gustave Flaubert (1856). Una de tantas discrepancias entre Bioy y Borges: “Los amigos le dijeron que abandonara los temas grandilocuentes, que buscara una historia chata. Entonces escribió Madame Bovary. ¡Qué idea de la literatura!” A Bioy en cambio le encantaba esta novela.

La novia del hereje, Vicente Fidel López (1870). Versión criolla de Sir Walter Scott, este olvidado autor sabía crear personajes históricos con buen tono romántico, liberal, anticlerical. Le gustaba bastante, parece, a Bioy.

Amalia, José Mármol (1851). Es la primera novela rioplatense, y algún valor literario tendrá (difícil encontrar, en cualquier caso, un comentario de Bioy en ese sentido), pero todo indica que se trata de una valoración política, antes que literaria.

La octava maravilla, Vlady Kociancich (1982). “Desde el comienzo de este libro alucinante sentimos que nos guía una mano segura. En estilo sabio, simple, eficaz, en tono muy grato, la autora refiere las peripecias del héroe -hombre de nuestro tiempo, convencido como nosotros de que todo es pasajero, pero capaz de sentimientos profundos y arraigados- a lo largo de una serie de situaciones terribles, cómicas, desgarradoras, raras, nunca arbitrarias, siempre creíbles. (…) Algunos lectores recuerdan tal vez una época de su vida en que deslumbrados por sucesivas revelaciones, descubrieron la literatura. Es curioso: la experiencia ulterior de quienes tuvieron esa suerte prueba que las revelaciones y los hallazgos nunca se acaban. Para mí, el más extraordinario hallazgo de los últimos años ha sido La octava maravilla de Vlady Kociancich” (ABC, del prólogo a la primera edición, 1982).

Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós (1887). Fuera del Quijote, la única novela española de la lista.

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