Gustav Mahler (1860-1911), Sinfonía no. 9. Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Bruno Walter (1876-1962).

Grabada en enero de 1938 en Viena, dos meses antes de la anexión de Austria por el Tercer Reich, esta novena es uno de los grandes documentos históricos de la discografía mahleriana.

El apellido original de Walter era Schlesinger. La orden de los nazis era que todos los miembros judíos de la Filarmónica vienesa debían abandonar la orquesta. Ya se había ido de Alemania, donde dirigía con particular suceso, a Austria, donde realizó conciertos y grabaciones legendarias. Ahora, como Thomas Mann, como Arnold Schönberg -de los que sería gran amigo-, partiría a Estados Unidos, donde viviría el resto de su vida. Walter había estrenado la novena -Mahler murió sin poder escucharla una sola vez- en 1912. También estrenó Das Lied von der Erde, (La Canción de la Tierra), acaso la otra gran obra maestra de Mahler, junto con la novena. Walter había sido su director ayudante y uno de sus mejores amigos:

Mi relación con Mahler era tan cercana como la diferencia de edad lo permitía”, escribió. Era su amigo, sí, pero le profesaba un respeto absolutamente reverencial: “Es el músico más grande que he conocido, sin excepción (…) Recuerdo lo sorprendido y extrañamente conmovido que me sentí cuando el gran director de orquesta Gustav Mahler, durante un paseo, dijo con una de sus singulares expresiones de tristeza secreta: ‘¿Cómo, no sabe usted que soy compositor?’ Le pedí por favor que me mostrara alguna de sus obras, y esa misma tarde me invitó a su casa. Puedo sentir todavía la tensión con la que viví esa visita, y mi honda emoción cuando me fui. Al entrar a su habitación, mis ojos se detuvieron en El Concierto de Giorgione, que, en una buena reproducción, colgaba encima del piano vertical; nunca antes una pintura me había impresionado tanto. El asceta del cuadro, perdido para el mundo, me estremeció. Pasaron meses antes de que me diera cuenta de que estaba haciendo música; hasta entonces, yo pensaba que el monje era dulcemente arrancado de un éxtasis religioso por sus amigos. Extrañamente, este monje proyectaba una luz nueva sobre la naturaleza de Mahler (…) Romántico o asceta, artista-demonio o genio moral: mis primeras impresiones acerca de la esencia de Mahler se debatían entre contradicciones, e igualmente ricas y contrapuestas eran las sensaciones que me infundían sus obras. A medida que avanzó mi relación con él, fui quedando más y más asombrado por lo explosivo de su forma de ser y por cierto humor, a veces brutal, a veces festivo, que contrastaba fuertemente con su profundidad patética y su diáfana serenidad. Coexistían en su mirada amor y temor, éxtasis y horror, lo sublime y lo vulgar, la sabiduría y la ingenuidad. Veía en la Naturaleza la bellum omnium contra omnes (‘la guerra de todos contra todos’) y adivinaba esas mismas fuerzas autodestructivas luchando en el interior de su propio ser…” (B.W., 1912)

Pasaron veintiséis años luego del estreno de la novena para que volviera a interpretarla, con la misma orquesta y esta vez, con la posibilidad de grabarla. Los tiempos de la batuta pueden sorprender al oyente (sobre todo si ha escuchado el Das Lied, lento y magistral, del 52): 70 minutos de música, contra 82 de, por ejemplo, Leonard Bernstein. El sonido es prodigiosamente bueno para la fecha a la que corresponde y para las técnicas de registro existentes. En cuanto a la interpretación, diríase que está hecha en un solo trazo perfecto, de la gran emoción narrativa del Andante a la desesperación, el desgarro y el adiós del adaggisimo final.

Imagen: El Concierto. Óleo sobre lienzo (1510). Atribuido actualmente a Tiziano.

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