La historia de las novenas comienza en marzo de 1827, en Viena, con la muerte de Beethoven. Veinte mil almas caminaron junto a él, rumbo al cementerio, y entre quienes portaban las antorchas estaba el compositor Franz Schubert. Tenía 30 años en ese momento y no se imaginaba la vida sin Beethoven: lo amaba con el corazón. Estaba muy enfermo (padecía de sífilis) y ya no le quedaban esperanzas de recuperarse. Había iniciado su octava sinfonía y la había abandonado, probablemente sintiendo que había tomado un camino equivocado -hoy la conocemos como la “Inconclusa”, y parece una obra escrita en la segunda mitad del siglo XIX-. También había iniciado, en 1824, luego de oír la de su amado Beethoven, una novena sinfonía, que sería grandiosa, grandiosamente beethoveniana, acaso su obra maestra, y a la que volvió, para terminarla, después de la muerte de Beethoven; pero no pudo pagar una orquesta que estuviese a la altura de interpretarla, por lo que, con músicos amateurs, que se fatigaban, que no la entendían, que la juzgaban demasiado extensa, la obra no llegó a estrenarse en vida del músico. Schubert, el autor de las más deleitables e inquietantes canciones de toda la música, el más genial de los románticos de la desilusión, murió en noviembre de 1828 a la edad de 31 años. La novena -a la que se conoce como “La grande”, para diferenciarla de la sexta, también escrita en do mayor y mucho más breve-, la encontró Robert Schumann entre un montón de papeles abandonados, en la casa del compositor. Gracias a Schumann, la obra se estrenó en Leipzig en 1839, dirigida por otro gran músico: Felix Mendelssohn.

El mismo año en que Schubert había iniciado la composición de su novena, 1824, nació en Ansfelden, Austria, Anton Bruckner. Profundamente cristiano, es primero que nada uno de los más notables creadores de música sacra del siglo XIX, y luego, pese a las enormes reservas (el crítico Hanslick, el compositor Brahms) que se interpusieron a su reconocimiento, también uno de los más notables sinfonistas de su tiempo. Para lograr que sus obras fueran aceptadas, consentía revisarlas, modificarlas, abreviarlas. La historia de las partituras originales de Bruckner es una de las más dificultosas y polémicas de la música. La séptima (1884) y la octava (1892), que son colosales y de las que se ha dicho que representan la gran culminación romántica, le proporcionaron, aunque laboriosa, angustiosamente, un gran suceso. Había comenzado a escribir la novena en 1887. Trabajó en ella con muchísimas interrupciones, dado el tiempo que dedicaba a rehacer las anteriores. Para noviembre de 1894 había completado los tres primeros movimientos. Estaba muy enfermo. Murió en Viena en octubre de 1896. Su monumental novena, que más que nunca busca, en su imponente lirismo y en sus vertiginosos muros de sonido, a Dios, para encontrar la paz en el adiós al arte y a la vida, quedó inconclusa.

El más popular de los músicos checos, melodista inspiradísimo, de inmensa y ardiente alma folclórica y clásica -ahí están las sencillísimas danzas eslavas, ahí están los refinadísimos cuartetos de cuerda-, también escribió su página en la historia de las novenas. Antonín Dvořák influyó determinantemente en el nacimiento de una escuela nacional americana de composición. Después del estreno de la hermosísima octava, lo invitaron a Nueva York a dirigir una nueva institución. Dvořák aceptó el reto, y viajó a Estados Unidos en 1892. Para aceptar el cargo de director del flamante Conservatorio Nacional de Nueva York, había exigido que jóvenes nativos americanos y afro-americanos con talento para la música fueran admitidos igual que todos los demás y no tuvieran que pagar. Un estudiante en particular, llamado Harry T. Burleigh (que llegaría a ser un importante compositor), cantaba unos ‘espirituals’ maravillosos que enamoraron a Dvořák. Esa música y los poemas del gran H. W. Longfellow, en particular la “Canción de Hiawatha”, encendieron de un modo nuevo su inspiración: “En las melodías negras de América está todo lo que hace falta para crear una escuela musical grande y noble”, declaró. Escribió un par de obras fundamentales que se estrenaron en Carnegie Hall, y al cabo de dos o tres años nada más -la nostalgia era demasiado intensa, y por “americana” que sea la novena, se siente- volvió a su Praga querida, a sus inextinguibles melodías bohemias y a trabajar en una de sus últimas obras maestras: el Concierto para chelo op. 104. La novena, llamada “Del Nuevo Mundo”, estrenada en 1893, es, desde luego, muy beethoveniana, y la obra mayor del compositor. No guarda quizá la unidad y la coherencia narrativa, tan sombrías, tan brahmsianas, de la séptima, pero la increíble hermosura y el despegue de sus temas -algunos, como los del famoso ‘Largo’, fascinantes y que no se parecen a ninguna otra música que se hubiera escuchado- la vuelven una obra extraordinaria. Antonín Dvořák vivió once años más (murió en mayo de 1904), pero la novena fue la última. Ojalá hubiera escrito muchísima más música bajo la misma inspiración, aunque debe recordarse el cuarteto “Americano” op. 96, pastoril y bohemio-nostálgico hasta la borrachera, pero también dotado de cierta belleza folclórica de esa de la que había bebido tanto en el nuevo mundo.

El capítulo final de la historia de las novenas se corresponde acaso con el capítulo final de la sinfonía romántica. En 1875, Anton Bruckner enseñaba armonía y contrapunto en Viena, y uno de sus estudiantes era Mahler. El maestro había llevado la sinfonía a una culminación quizá perfecta, sí, pero el alumno, cuya alma nunca resultaría colmada por la fe religiosa, daría un paso más; iría, empujado por el pesimismo de Schopenhauer, al último extremo, a los límites mismos de la armonía tradicional, a los abismos del sonido y de la emoción a los que nadie se había asomado jamás. Las tres primeras sinfonías están hechas con canciones, con voces, con literatura. La cuarta es el paraíso de las tres primeras y es el puente hacia las tres que siguen. La quinta, la Divina Comedia de Mahler, la sexta, que es la tragedia sin resurrección y la séptima, extraña y fugitiva música nocturna, son puramente instrumentales y son la madurez del compositor. La octava quiere ser una afirmación espiritual como nunca se había escuchado. Ocho solistas, un coro inmenso, una orquesta monumental, el final del Fausto de Goethe. Quiere ser la salvación a través del conocimiento y el ascenso a los cielos. Pero serviría sobre todo de puente, una vez más, hacia lo que venía. Las últimas tres obras, que son, ahora sí, la despedida, nada saben de afirmaciones, de certezas, de felicidad. Mahler vuelve, como Schopenhauer, la mirada hacia Oriente. La Canción de la Tierra está toda hecha de poesía china, de Li Po, de melodioso vino, de nieves del tiempo, y de una música como no existe ninguna otra, un canto bebible de una belleza insuperable, que se resiste a decir adiós. Pero el adiós era fatal. Mahler estaba enfermo del corazón. Los médicos le habían dicho que le quedaba poco tiempo de vida. “Sólo en cuanto recuerdo es dulce la vida y justo eso es el dolor”. La novena es la obra maestra de Mahler. ¿Cómo es la música de un compositor genial, libre de toda superstición, desesperadamente lúcido, borracho de amor a la vida, que mira cara a cara a la muerte y dice -porque habla el lenguaje secreto del universo- lo que siente, lo que ve? Gustav Mahler murió en Viena en mayo de 1911. Tenía 50 años. La novena estaba terminada, pero nunca la pudo escuchar. Dejó esbozados los cinco movimientos de una décima.

A %d blogueros les gusta esto: