Samuel Johnson nació en 1709 en el pueblo de Lichfield, en el condado de Staffordshire, que es un pueblo mediterráneo de Inglaterra pero que, digamos, profesionalmente, no fue su patria. Es decir, no fue la patria de su obra. Johnson consagró toda su vida a las letras. Murió en 1784, antes de producirse la Revolución Francesa, a la que hubiera sido, por otra parte, contrario, ya que era un hombre de ideas conservadoras, profundamente creyente.

Su infancia fue pobre. Era un muchacho enfermizo y contrajo la escrófula. Cuando aún era pequeño, los padres lo llevaron a Londres para que la reina lo tocara y ese contacto lo curara de su dolencia. Uno de sus primeros recuerdos fue el de la reina, que lo tocó y le dio una moneda. Su padre era librero, lo que para él significó una gran suerte. Y paralelamente a las lecturas que haría en casa, se educó en la Grammar School de Lichfield. Lichfield significa “campo de los muertos”.

Samuel Johnson era físicamente maltrecho, aunque poseía una gran fuerza. Era pesado y feo. Tenía lo que llamamos “tics” nerviosos. Fue a Londres, donde sufrió mucho la pobreza. Fue a la Universidad de Oxford, pero no llegó a recibirse, ni mucho menos. Se rieron de él. Entonces volvió a Lichfield y fundó una escuela. Se casó con una mujer vieja, mayor que él. Era fea y ridícula, pero él le fue fiel. Johnson tuvo además rasgos maniáticos. Evitaba cuidadosamente, por ejemplo, tocar las junturas de las baldosas con el pie. Evitaba también tocar postes. Y sin embargo, a pesar de estos rasgos de excentricidad, fue una de las inteligencias más razonables de la época, una inteligencia realmente genial.

A la muerte de su mujer, viajó a Londres y editó una traducción de Un viaje a Abisinia, del Padre Lobo (Jerónimo Lobo, jesuita portugués, 1596-1678). Más tarde escribió una novela sobre Abisinia, para solventar los gastos del entierro de su madre. Esta novela fue escrita en una semana. Editó periódicos que salían una o dos veces por semana, periódicos en que escribía principalmente él. Aunque estaba prohibido publicar las sesiones del Congreso, él solía asistir a tales sesiones y luego las publicaba, con un poco de fantasía literaria (ver Escritos políticos de Samuel Johnson – Katz editores, Madrid, 2009). En sus informes inventaba discursos, por ejemplo, y siempre se las arreglaba para dar la mejor parte a los conservadores.

Por ese tiempo escribió poemas, “Londres” y “La vanidad de los deseos humanos”. En esa época Alexander Pope era considerado como el mejor poeta de Inglaterra. Las poesías de Johnson, que fueron editadas anónimamente, alcanzaron gran difusión y se llegó a decir que eran mejores que las de Pope. Luego, conocido ya, el mismo Pope lo felicitó. “Londres” era una traducción libre de una sátira de Juvenal. Esto muestra el concepto que se tenía en la época de lo que era una traducción, tan diferente del nuestro. No existía el concepto de traducción estricta, como hoy, que se piensa en la traducción como en una tarea de fidelidad verbal. Este concepto de la traducción literal se basa en las traducciones bíblicas. Éstas sí se hacían con mucho respeto. La Biblia, redactada por una inteligencia infinita, era un libro que el hombre no podía tocar, alterar. El concepto de traducción literal no es, pues, de origen científico, sino más bien una muestra de respeto por la Biblia. Paul Groussac dice que “el inglés de la Biblia del siglo XVII es un idioma tan sagrado como el hebreo del Antiguo y Nuevo Testamento”. Johnson tomó para “Londres” a Juvenal como modelo, y aplicó lo que Juvenal dice de los sinsabores de la vida de un poeta en Roma a la vida de un poeta en Londres. Esto es, evidentemente, porque su traducción no tenía ninguna intención de ser literal.

En los periódicos que Johnson publicaba, él mismo se hizo conocer. Y tanto que entre los escritores era tenido como uno de los primeros. Pero el público lo desconocía, y así fue hasta que publicó su Diccionario de la Lengua Inglesa. Se pensaba que el idioma inglés había llegado a su apogeo, y que luego había declinado a causa de la constante contaminación de los galicismos. Por tanto, había llegado el momento de fijarlo. Johnson expresó, refiriéndose a esto: “La lengua inglesa está a punto de perder el carácter teutónico”.

Según Thomas Carlyle, el estilo de Johnson era “acartonado”. Esto es cierto, los párrafos son largos y pesados. Pero a pesar de eso, detrás de cada párrafo podemos encontrar pensamientos sensatos y originales. Nicolás Boileau había escrito que las tragedias que no respetaban el lugar único de la acción eran absurdas, que era imposible que el espectador se creyese primero en cualquier lugar y luego en Alejandría, por ejemplo. Censuraba también la falta de unidad de tiempo. Desde el punto de vista del sentido común, el argumento parecía irrefutable, pero Johnson lo contradijo afirmando que “el espectador que no está loco sabe perfectamente que no está en Alejandría ni en ningún otro lugar, sino en el teatro, en la platea, presenciando un espectáculo”. Esta réplica se dirigía a la regla de las tres unidades, que provenían de Aristóteles y que Boileau sustentaba.

Ahora, una comisión de libreros fue a visitarlo y le propuso la composición de un diccionario que incluyera todas las palabras del idioma. Esto era algo nuevo, insólito. En la Edad Media, en el siglo X o en el IX, cuando un erudito leía un texto latino y encontraba una palabra anómala, que no entendía, incluía entre dos líneas su traducción a la lengua vernácula. Luego estas palabras se reunían y así se fueron formando glosarios, pero que en un principio fueron de palabras latinas difíciles, solamente. Esos glosarios se publicaron separadamente, y después empezaron a hacerse diccionarios. Los primeros fueron italianos y franceses. En Inglaterra, el primero diccionario fue hecho por un italiano, y se denominó A Worlde of Words, “un mundo de palabras”. Siguió a éste un diccionario etimológico, en el que se trató de incluir todos los vocablos, pero no atendiendo a su significado, sino a los orígenes sajones o latinos de las palabras. Sajonas o teutonas, por cierto. En Italia y Francia hubo academias que compusieron diccionarios que no registraban todas las palabras. No querían registrarlas: dejaban afuera las palabras rústicas, dialectales, de argot, las demasiado técnicas, propias de cada profesión. No querían ser ricos en palabras, sino tener pocas palabras pero buenas. Querían sobre todo precisión, poner un límite al idioma. En Inglaterra no había academias ni nada parecido. El mismo Johnson, que publicó un proyecto de diccionario inglés cuyo principal motivo era fijar el idioma, no creía que el idioma pudiera fijarse definitivamente. El idioma no es obra de sabios sino de pescadores. Es decir, el idioma está hecho por gente humilde, está hecho al azar, y la costumbre crea normas de corrección que deben buscarse en los mejores escritores. Para la búsqueda de esos escritores, Johnson se fijó un límite que va de Sir Philip Sidney (1554-1586) a los escritores anteriores a la Restauración, hecho que, creyó, coincidía con un deterioro en el lenguaje por la introducción de galicismos, palabras de origen francés.

Así que Johnson decidió hacer el diccionario. Cuando fueron a verlo los libreros firmó un contrato. En ese contrato se especificaba un plazo de trabajo de tres años y una retribución de mil quinientas libras. Él quería que el libro resultase una antología, agregar un pasaje de un clásico inglés a cada palabra, para ilustrarla. Se dio a releer a los autores clásicos, los ingleses. En cada obra marcaba los pasajes en que una palabra era empleada con felicidad, y una vez que la marcaba le ponía al lado la letra inicial. Iba marcando de esa manera todos los pasajes que le parecían ilustrativos de cada palabra. Tenía seis amanuenses, que después fueron dos. La tarea era enorme. Solía bromear: “hacedor de diccionarios, ganapán inofensivo”, y definirse a sí mismo como un lexicógrafo.

Un amigo le dijo un día que la Academia Francesa, con cuarenta miembros, había tardado cuarenta años en hacer el diccionario de la lengua francesa. Y Johnson, que era nacionalista acérrimo, respondió: “Cuarenta franceses y un inglés, la proporción es justa”. E hizo el mismo cálculo con el tiempo: si los franceses, a cuarenta años cada uno necesitaron en total mil seiscientos años, eso bien vale los tres que debía tardar un inglés. Pero no fueron tres sino nueve, finalmente, los que necesitó para completar la obra. Los libreros sabían que podían contar con él, que cumpliría. Por ello le dieron cien libras más.

Este diccionario, publicado finalmente en 1755, fue bueno hasta la publicación del de Webster, en 1828. Hasta entonces rigió. Johnson debió su fama al diccionario. Llegaron a llamarlo “Dictionary Johnson”. Cuando James Boswell, el joven escocés que sería su biógrafo, lo conoció en una librería se lo señalaron por ese mote, “Dictionary”, que también aludía a su aspecto.

Johnson conoció durante años la pobreza -en cierto momento, mantuvo un duelo epistolar con Lord Chesterfield (ver Vlady Kociancich, La raza de los nerviosos, “Los escritores, el honor y el dinero”), del que da cuenta en su poema “La vanidad de los deseos humanos”-, la buhardilla y la cárcel, pesares a los que en su poema añadió “el mecenas”. Por ese tiempo trabajó en una edición de las obras de Shakespeare, que publicaría en 1765. Es una de sus últimas obras. En el Prefacio, que no guarda ninguna reverencia, señala los defectos de las obras. Escribió también una tragedia en la que aparece Mahoma, y una novela breve, Raselas, príncipe de Abisina, que se suele comparar a Cándido, de su contemporáneo Voltarie.

En los últimos años de su vida, Johnson abandonó la literatura y se dedicó a conversar en las tabernas, donde formó una peña literaria de la que se erigió jefe, o más bien dictador. Samuel Johnson, abandonada su tarea literaria, se muestra como una de las más grandes almas inglesas.

Clase de Jorge Luis Borges en la Universidad de Buenos Aires. Lunes 31 de octubre de 1966. Martín Arias y Martín Hadis, editores, en Borges profesor – EMECÉ, 2000.

Según Joseph Wood Krutch, The Rambler fue de todas las publicaciones de Samuel Johnson, la que en vida le trajo mayor fama y en la posteridad mayor descrédito. Krutch arguye que los «defectos» de la prosa de Johnson son particularmente perceptibles en estos ensayos; yo confieso que soy particularmente insensible a los «defectos» de la prosa de Johnson; reconozco, sin embargo, que ciertos hábitos, ciertas complejas simetrías que en la composición más libre de las Vidas de los poetas son felicidades, aquí se repiten de manera casi mecánica. Lytton Strachey, en un estudio sobre Sir Thomas Browne, declara que Johnson transformó la prosa de su tiempo, «convirtió el orden dórico de Swift en el orden coríntico de Gibbon» y, con referencia a las objeciones que la crítica suele hacer al estilo ornado, agrega: «No es fácil responder a estos ataques; para quien sostiene la opinión contraria parecen tan desprovistos de simpatía con el tema, que la discusión resulta imposible». Cabría añadir que en favor de la sencillez suele abogar la acepción moral de algunas palabras, acepción que en cuestiones de estilo es impertinente.

La ambigua fortuna de Johnson es la del hombre de letras sobre quien se ha escrito la mejor biografía (“La Vida de Johnson es, sin duda, una gran obra, una muy gran obra. Homero no es el primero de los poetas heroicos, Shakespeare no es el primero de los dramaturgos, Demóstenes no es el primero de los oradores, si Boswell no es el primero de los biógrafos”. Macaulay, Critical and Historical Essays, I, 1843). Con epigramática injusticia Bernard Shaw resume: «Platón y Boswell, esos dramaturgos que inventaron a Sócrates y a Johnson». Para muchos, el doctor Johnson, más que un autor de libros es el personaje de un libro. No es tan grave este concepto por lo que indebidamente niega a Johnson, sino por lo que puede negar a generaciones de lectores. Sería grave que las Vidas de los poetas, el prólogo de Shakespeare y el prólogo al Diccionario -las mejores páginas críticas del idioma inglés- cayeran en el olvido.

Las colecciones del Rambler y del Idler contienen admirables ensayos críticos y morales. The Rambler apareció dos veces por semana, desde 1750 hasta 1752. Puede afirmarse que Johnson lo escribió solo (el total de colaboraciones que recibió es de cuatro ensayos -uno de ellos de Samuel Richardson- y seis cartas). En el último número anotó: «Quien se condena a publicar en fecha fija, frecuentemente llevará a su tarea una atención disipada, una imaginación abrumada, una memoria perpleja, una mente que se aflige en la angustia y un cuerpo que languidece en la enfermedad; se afanará en un asunto estéril, hasta que sea tarde para cambiarlo; o, en el ardor de la invención, prodigará sus pensamientos en un exuberante desorden y el apremio de la publicación no tolerará que el juicio los revise o los modere».

Remy de Gourmont se describía a sí mismo como «disociador de ideas». La frase conviene a Johnson. Su juicio es irreprimiblemente discriminativo. No tolera compromisos. «La crítica sincera», dijo una vez, «no debe causar resentimiento, porque el juicio no está subordinado a la voluntad».

Johnson me parece un acabado ejemplo del hombre del siglo XVIII. Piensa, o quiere pensar, que su cuerpo y su alma se mueven en un mundo ordenado, que le garantiza la tranquilidad necesaria para el trabajo. Su limitada provincia es la literatura: lo que está afuera no le incumbe (recordemos su lamentable refutación del idealismo); o si le incumbe, si muchas veces lo preocupa, es porque (a su entender) una temeraria multitud se afana en socavar ese orden admirable, aunque imperfecto. (Esto explica también los sombríos párrafos de Gibbon sobre la Revolución francesa y los legados de Schopenhauer a la policía.) Pero el retrato moral de Johnson no se agota con estas afirmaciones. Hay siempre en él una tranquila y denodada confianza en los poderes del hombre, que eleva y mejora. Así, como Goldsmith confiesa que su aptitud para escribir varía con su estado de ánimo, le contesta que prescinda de tales afectaciones, que un escritor siempre puede escribir, si se aplica tenazmente a hacerlo; cuando alguien observa que, para un anciano, perder la conciencia puede ser una dicha, Johnson «con desdén y noble elevación» responde: «No, señor. Nunca seré más dichoso por ser menos racional». Cuando alguien habla de que el saber no mejora los hombres, Johnson declara: «Recordemos, sin embargo, que la eficacia de la ignorancia desde hace mucho tiempo se ha puesto a prueba y que no ha producido los resultados esperados. Intentemos, pues, la cultura». Su contemporáneo William Strahan lo describió así: «Posee una elocuencia viril, nerviosa y siempre despierta; es rápido en discernir la fuerza o la debilidad de un argumento; se expresa con claridad y precisión, y no ha nacido hombre que lo atemorice».

Adolfo Bioy Casares. Tomado de Estudio preliminar a Ensayistas ingleses – Clásicos Jackson, 1951.

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